La Psicología Humanista es la tercera fuerza dentro del campo de la Psicología. Surgió en la década de los 50 como alternativa al Psicoanálisis y el Conductismo, y se caracterizó por centrar su atención en la parte sana de la persona, en sus capacidades y potenciales psicológicos, así como en aquellas características distintivas y específicamente humanas como son la creatividad, el amor, la libertad, la responsabilidad, la motivación, la voluntad, los valores, la conciencia, etc.

El respeto por la complejidad y la singularidad de cada ser humano y el concepto de autorrealización o crecimiento personal son dos aspectos clave de la Psicología Humanista. Ramón Rosal y Ana Gimeno-Bayón definen la autorrealización o crecimiento personal como “el proceso por el que se va logrando el desarrollo del conjunto singular e irrepetible de potencialidades de todo ser humano, en armonía con un proyecto existencial flexible (adaptado a las diferentes circunstancias de la vida), elegido de forma lúcida, libre y nutricia (respecto a uno mismo y a los otras personas), en concordancia con los valores nucleares de la persona, y abierto a la posibilidad de una realidad transpersonal.” En: Rosal, Ramón y Gimeno-Bayón, Ana. Cuestiones de psicología y psicoterapias humanistas. Instituto Erich Fromm de Psicología Humanista, 2001. Pág. 145. 

Así mismo, uno de los principales objetivos de las psicoterapias humanistas es favorecer el desarrollo de una personalidad creadora; entendiendo la creatividad como una capacidad que todos poseemos en potencia y que no se refiere al hecho de realizar productos originales, sino a desarrollar una actitud creadora en la vida. Porque cualquier tarea de la vida cotidiana, por insignificante que sea, puede ser experimentada de forma creativa, es decir, reflejando un estilo peculiar de percibir, pensar, sentir, emocionarse, motivarse, decidir y actuar; un estilo de carácter personal, idiográfico y fiel a cada individuo.